sábado, 23 de enero de 2016

El héroe colectivo


Aquella mañana del 27 de octubre de 2010, Carlos se prestaba a desayunar tranquilamente en su casa –como lo hacía siempre- en compañía de su esposa Rocío, una mujer de 46 años que había quedado efectiva como portera de una escuelita del barrio, y acompañaba al matrimonio Chichi, el perro de la familia. Horas antes de sentarse a disfrutar de unos mates calentitos con la “patrona” –como gustaba llamar Carlos a su esposa cuando estaba de buen humor- había llegado del baile su hijo Agustín de 22 años, quien sin hacer ningún ruido fue encarando para su habitación directo a dormir.
                El sol entraba por las cuatro ventanas que daban al pequeño patio poblado de variadas plantas de diversos colores, hojas y flores que perfumaban la casa entera, ubicada en el barrio La Tablada, en la zona sur de Rosario; Carlos y Rocío asistían a aquel espectáculo cotidiano, tan sencillo pero revelador, desde hace 23 años, cuando se casaron y pudieron realizar el sueño de tener la casa propia. En aquel entonces, en pleno inicio de la década menemista, el país vivió años de privatizaciones y políticas de vaciamiento del Estado que culminaron con miles de personas desocupadas, y Carlos lo sabía muy bien, ya que él fue uno más en el continuado desfile de trabajadores expulsados de sus puestos de trabajo.
                A las diez y media de la mañana de ese miércoles sintoniza Crónica –como lo hacía siempre- y se entera que Néstor Kirchner había muerto. La placa negra que tenia frente a sus ojos era intimidante e impactante, en aquel momento cualquier palabra que se diga estaba de más; no daba tiempo a asimilar el golpe y la tristeza invadía el alma de manera tal que quemaba en la piel. Los ojos saltones de su mujer eran dos océanos, las lágrimas no paraban de caer sobre el mantel blanco que habían puesto sobre su mesa esa mañana para esperar al censista de la mejor manera posible.
                En ese momento, la incertidumbre ganó terreno sobre Carlos y todo lo que lo rodeaba: su familia, sus compañeros de trabajo, los vecinos, el club de barrio, los jóvenes, el resto de los trabajadores, en fin, todos aquellos a los que él consideraba compañeros.  La palabra “compañero” significaba para el hombre un punto de encuentro y asimilación con otros que compartían los mismos lugares de participación y de realización diaria. De todos modos, con esa gran cantidad de significados que daban sentido a su existencia, Carlos se encontraba solo, sumido en un profundo dolor. 
                La transición del mediodía a la noche fue una larga carrera de llantos, puteadas , memoria y lamentos. Su hijo Agustín –que militaba en el una agrupación peronista- les había contado a sus padres que se iba al Monumento para encontrarse con sus compañeros;“yo voy”, dijo Carlos sin dudarlo ni un segundo, se puso de pie, beso a Rocío y se fue con su hijo.
                Al llegar encontró el Monumento a la Bandera colmado de norte a sur, de este a oeste, adornado con banderas que no paraban de agitarse, personas que coreaban a viva voz “Yo soy argentino, soy soldado del pingüino”, grito de guerra que desprendía el pueblo concentrado y se apoderaba del mítico lugar. Carlos apreció todo esto, lo guardo en su retina y en su corazón como un tesoro, era lo que daba sentido a su vida, era parte del héroe colectivo que estaba naciendo: todo el dolor que lo había abrumado desde el conocimiento de la muerte del ex Presidente Néstor Kirchner ahora se tornaba en un fuego incontenible, lleno de fuerzas para “bancar lo que venga”, como gustaba decir a este viejo laburante de la zona sur de Rosario.
Esa noche fue reveladora para Carlos y para los miles que se concentraron en el Monumento: compartieron el dolor por la partida del hombre que les había devuelto la esperanza de creer en la política, en que un país mejor era posible y que había reinsertado en la discusión económica los intereses de la clase trabajadora por sobre todas las cosas. Observó las caras de los jóvenes que lo rodeaban y encontró todas las respuestas a la incertidumbre que lo había desanimado durante el día: aquella respuesta se llamaba militancia.
(Este texto fue escrito en 2011, y su publicación original está aquí

martes, 19 de enero de 2016

Unidad Popular y Militancia Patriótica



Escribe Perón a Raúl Scalabrini Ortíz, en 1958, desde el exilio forzado en Ciudad Trujillo: “el fenómeno que se produce en los países de América Latina es el de una clase media con más sentido clasista que el proletariado. Los obreros tienen más claramente fijado el concepto de la integración nacional y de la necesidad de presentar un frente unido al adversario común. Las clases medias, en cambio, tienen extraordinaria tendencia a concentrar su espíritu combatiendo en antagonismos internos y artificiales, a menudo creados y siempre alentados por la propaganda imperialista. Es evidente que sectores cuya suerte está unida indisolublemente a los de la clase trabajadora tienen su vista puesta, sin embargo, en la oligarquía, que por su interrelación con el imperialismo está marginada de los anhelos y de las necesidades nacionales.”

En aquella carta, el General Perón expone ante Scalabrini Ortíz la necesidad de los intelectuales en el proceso de resistencia que desde hacía 3 años se había iniciado en torno al retorno democrático –a veces queda en un segundo lugar, pero en realidad la lucha por el retorno de Perón no era más que el regreso a la vía democrática del país, una democracia radical ya que eran los trabajadores los principales destinatarios, impulsores y defensores de las políticas populares del gobierno peronista-, aportando a la causa nacional desde la trinchera y enfrentando a la “intelligentzia”, siempre aliada del imperialismo. Allí, el líder exiliado le da una orden a Scalabrini Ortíz: “nadie mejor que usted para decir la palabra orientadora y llevar el mensaje que los alínea para mejor defender el programa que el país reclama.” El General reconoce en el autor de “El hombre que está solo y espera” a un intelectual comprometido con los destinos de la Patria.

Estos párrafos que nos antecedieron son ejemplificadores de lo que hablamos cuando mencionamos “la Batalla Cultural”; no es más que la necesidad de articular y movilizar la agitación popular detrás de un objetivo común. En momentos de enfrentar al enemigo principal se dirá “Defensa de la Patria contra el imperialismo”, y cuando se quiera avanzar frente a las contradicciones internas que se desarrollan dentro de la lucha política local, el enfoque será puesto en centrar la acción política en un adversario para –en términos gramscianos- dirigir y subordinarlo política y culturalmente, es decir, construir la hegemonía necesaria para derrotar al sentido común dominante, a la ideología impuesta por los grupos de poder concentrados, para volver a articularlos dentro de una nueva cultura, en la cual los trabajadores ocupan un papel importante para realizar la revolución socialista. Ese mismo rol preponderante otorgaba Perón a los trabajadores argentinos.

Continúa Perón: “el peronismo fue el primer movimiento político social que entabló la lucha en los verdaderos términos del conflicto: nuestro antiimperialismo fue práctico y efectivo, adecuado a la realidad y no a declamaciones teóricas. Eso que el pueblo sabía, recién después del 16 de septiembre de 1955, lo comprendieron algunos intelectuales que ahora buscan sumarse a la corriente nacional y popular en la que usted estuvo siempre enrolado.”  El pueblo aprende la política haciéndola y reinventándola constantemente en la calle, es decir, a prueba de error, con los métodos que tiene a mano, sean precarios o avanzados, no importa, nada lo detiene. De allí la expresión “política popular” para separarla de la “política elitista” o profesionalizada, donde parece ser que mientras más intelectuales haya, más prestigio se le otorga a la política. Esa es, a mí entender, una visión errada; la historia de las luchas de la  historia de la humanidad ponen en relieve que siempre se trató de un conflicto entre partes, entre sectores, y que podemos atinar a definir entre opresores y oprimidos, y que esos momentos históricos no quedan en un punto muerto o en una victoria definitiva, sino que el propio pueblo las salvaguarda en su memoria colectiva.

La unidad popular, entonces, obliga a identificarnos y construir dentro del bloque nacional-popular, para defender lo conquistado y enfrentar al enemigo oligárquico-imperial. Antonio Gramsci escribió en 1910, con solo 19 años, un artículo que tituló “Oprimidos y opresores”, en donde sostiene que“cuando un pueblo se siente fuerte y aguerrido, piensa enseguida en agredir a sus vecinos, rechazarlos y oprimirlo. Porque está claro que todo vencedor quiere destruir al vencido. “¿Acaso no fue eso lo que realizó el imperialismo en todo el mundo (ya sea bajo su forma yanqui, británica o sionista), oprimir ideológicamente a cualquier pueblo hasta despojarlo de su soberanía? Basta con repasar la proscripción a la que fue objeto el movimiento peronista durante 18 años y recordar el bombardeo a la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 para comprender que el enemigo existe y en lo único que piensa es en masacrar a la identidad política popular mayoritaria y democrática en nuestro país.

En estos tiempos que corren, es necesario también posicionarnos desde el paradigma de la militancia patriótica. Los peronistas tenemos que estar en la primera fila de defensa y construcción de una Patria Grande Justa, Libre y Soberana como reza nuestra doctrina nacida al calor del sentir popular hace 70 años, entendiendo que, como sentenció hace tiempo atrás John William Cooke, con el peronismo sólo no basta, pero sin él, tampoco se podría avanzar. Es en esa centralidad que sabe regenerar constantemente el peronismo donde se encuentran las tensiones necesarias para impulsar el conflicto permanente, y que continúa dividiendo –a nuestro país y al mundo- en opresores y oprimidos. En el medio de ese tablero no somos neutrales: constituimos y somos parte del pueblo. 



lunes, 18 de enero de 2016

El Fuego y La Palabra



En 1972, Rodolfo Walsh escribió lo siguiente:

HAY COSAS QUE SERÍA ÚTIL QUE FUERAN DICHAS

“Martes 14. Entre el sábado y el lunes lectura de la novela de Paco (Urondo). Agitó muchas cosas, entre ellas el siempre latente problema de la escritura.
Aunque es evidente que no me considero ya un novelista, que no me veo consagrando mi vida a escribir novelas, ni siquiera una novela, también es cierto que hay cosas que podría decir que me gustaría decir que sería útil que fueran dichas.
Pienso que mi vida como muchas vidas ilustra cosas, que esas cosas serían más claras para algunos de los demás para aquellos a quienes quiero entre los demás si yo encontrara una forma verídica sincera de sintetizar esa vida y esa experiencia.
¿Cuál sería el método? Imagino de pronto una especie de inventario de todas las cosas los lugares las ideas sobre todo las personas que se han acumulado en mi memoria. Tal vez si hiciera ese inventario encontraría luego el hilo conductor que lo justificará literariamente pero sobre todo su razón de ser histórica política.
Porque si yo muriera mañana una parte de mi vida –esta parte de mi vida- podría parecer insensata y ser reclamada por algunos que desprecio e ignorada por otros a los que podría amar. Desde luego esa reivindicación personal no es lo que más importa –aunque no sea totalmente capaz aún de renunciar a ella. Lo que importa es el proceso que ha pasado por mí la historia de cómo yo cambié y cambiaron los demás y cambió el país.
Lo que importa es cómo pudo nacer aquí en este lugar dejado lo que está naciendo. Importan también los otros, los responsables, los chantas: yo me entiendo por ahora.
Imagino también un inventario de las cosas que quiero y las cosas que odio: ya lo dije. Las cosas que quiero mis hijas el trabajo oscuro que hago los compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación de lo escondido el método cotidiano la furia fría la alegría general que ha de venir un día la gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la sumersión en los otros.
Las cosas que odio que desprecio la traición la estupidez Frondizi la televisión Jacobo los yanquis de la Esso o los ingleses de la Shell porque estos hijos de puta son cuñas del mismo palo Bernardo Neustad los mercenarios los discursos de los generales las turritas y los pavos de la publicidad oliendo a la colonia que mata los comunistas del partido los falsos profetas de la izquierda acalambrada la camiseta peronista el bigote peronista el odio de los oligarcas la cultura de La Prensa la senilidad de Borges la convicción de Gleyzer o de Aizcorbe los que matan a la gente los torturadores los farsantes los radicales del pueblo sobre todo si son jóvenes y una lista inmensa inalcanzable que se podría tratar de perfeccionar.
¿Qué hago yo con todo eso? Empiezo a juntarlo y empiezo a mirarlo empiezo a estudiarlo empiezo a ver si se deja escribir. Y si no se deja mala suerte será como la primera nenita que no se dejó cuando yo tenía ocho años y ella tal vez seis. Porque si no es sobre eso no vale la pena escribir sobre nada”.

Rodolfo Walsh 14/3/72

En ese impulso literario de Walsh, escrito de una vez y para siempre, de corrido, agitado, enunciando las cosas que quería y las que odiaba, uno puede encontrarse con la pasión en su máxima expresión.
Pasión por hacer política, pasión por hacer literatura. Mejor aún: pasión porque la política sea hecha con arte, con fuerza, con creatividad.

Desde este blog apuntaremos a eso, a discutir política y a reflexionar constantemente sobre las mejores formas de poder incluir, democratizar y oxigenar los espacios actuales de la militancia patriótica, aquella a la que millones de argentinos y argentinas abrazan con pasión en cualquiera de los espacios de realización colectiva, sean estos organizaciones políticas, sindicales, vecinales, clubes, etc,etc.

El nuevo tiempo político que vive el país desde el 10 de diciembre con la asunción de Mauricio Macri obliga a que volvamos a replantear muchas cosas que nos llevaron a la derrota electoral en octubre pero, según lo que piensa el autor de este blog, el desgaste y la poca respuesta que podía otorgar el movimiento nacional ya venía de tiempo atrás.

Volveremos, siempre y cuando podamos asimilar el duro golpe y no repitamos errores de mezquindades políticas. Pero para eso debemos construir bases sólidas orgánicas donde podamos discutir entre la mayoría popular democrática las condiciones de ese retorno, pero aún más debemos reflexionar en torno a la pregunta de este momento: ¿qué hacer? ¿de qué modo hacerlo? ¿con quién hacerlo? ¿contra quién hacerlo?. Todas esas preguntas deben tener un anclaje colectivo y poder entender que la respuesta a cada una es una acción-reflexión que surgirá de lo que seamos capaces de construir. Esas respuestas no son más que la planificación de una estrategia y tácticas políticas que nos permita transformarnos en una alternativa de poder nacional y popular no solo ya a nivel nacional, sino también en nuestra propia ciudad y provincia. No podemos permitir que el PRO aparezca como una opción mayoritaria en Rosario, ya que el Frente Progresista Cívico y Social tiene enormes dificultades para sostener un nuevo gobierno municipal al quebrarse el eje de alianza con los radicales que, en banda, irán adornando el proyecto que Mauricio Macri lidera a nivel nacional y que quiere –y necesita- gobernar en nuestra ciudad.

Será, entonces, necesario, aprender del ejemplo de Rodolfo Walsh y tantos compatriotas que no dudaron ni escatimaron a la hora de trabajar por la felicidad del pueblo argentino, por su realización histórica, y por hacer notar los errores hacia adentro y afuera, siempre con mirada crítica y rigurosa.

Está en nuestras manos, en nuestras voces y en nuestra propia capacidad de organización y lucha impedir que el neoliberalismo se profundice en Rosario y en la provincia. Pero también en nuestro modo de comunicar y enamorar al rosarino para que se decida a jugar del lado del frente nacional y popular, aquel histórico movimiento que desde siempre ha velado por los intereses de los trabajadores argentinos.