Desde los vidrios de la alta torre de marfil podía verse
como iban de aquí para allá, presurosos, casi sin tiempo para detenerse a
respirar el aroma de las flores, los implacables autos de la ciudad más moderna
del mundo. Poner el centro de la atención en los vehículos que utilizaban las
personas por sobre las personas mismas es algo que el sistema capitalista nos
ha enseñado: no somos lo que somos, sino que somos lo que tenemos. Nos han
convertido en un número y hemos estado felices y cómodos con ese estatus. Es
por eso que ahora la naturaleza se venga de este modo, devolviéndonos a lo
primitivo, a la senda que nunca debimos dejar.
Escribo con el rencor de los vivos, de los que aún nos
mantenemos vivos porque hemos sabido sobrevivir, pero preferiríamos estar
muertos para no tener que padecer tanta desesperanza, frustración y fracaso.
Quienes no levantaron un dedo (o peor aún, quienes le dieron el visto bueno a
los malditos que hicieron este desastre) ya se encuentran muertos, algunos
asesinados brutalmente y otros se han muerto en silencio, sin decir una
palabra, sin arrepentirse.
Y aquí estoy yo, solo en este mundo que no da respiro, y no
solamente porque el aire es escaso y la contaminación ha derrumbado toda
expectativa de vida. Nosotros nos reíamos de la contaminación, del glifosato,
de la soja, de la extranjerización de la tierra. Le dijimos “hijos de puta
roñosos” a los Mapuches, excluimos a nuestros hermanos y los mandamos a vivir a
un basurero diciéndoles “villeros negros de mierda”.
Fuimos crueles, fuimos
asesinos, fuimos culpables. Elegimos al sepulturero que nos enterró, que nos
mandó a este pozo profundo que alguna vez fue un país, un continente, un
planeta.
Hoy este planeta explotado y destruido me avisa que la cosa
puede ponerse peor. Ya nada tiene solución, todo es espeso. Alcanzo a gritar
estas líneas con toda la bronca del mundo, que ahora me pertenece a mí, porque
ya no hay nadie al lado mío. Y siento que voy a morir solo. Siento que nadie va
a escuchar mis gritos, nadie va a verme llorar, nadie va a preguntarme como
estoy porque ya nada queda. Dejamos que nuestros propios vicios se adueñaran de
nosotros mismos. Dejamos que todo el fascismo que traíamos y engendrábamos como
un alien dentro de nuestro cuerpo sacara lo peor de nosotros. Y cuando nos tocó
elegir, cuando nuestro señor nos dio a elegir, cuando nos puso entre la
elección del ángel redentor o el demonio, elegimos al segundo. Elegimos el
demonio y lo ayudamos a construir este infierno que es el planeta tierra. No
nos importaba el futuro, porque creímos que nunca llegaría.
Así fue como vivimos, demasiado inconformistas si de dinero
se trataba, pero no supimos valorar lo que teníamos a nuestro costado. El
verdugo nos decapitó, nos partió al medio, nos liquidó sin problemas. Nos
despedazó poco a poco, lentamente, como un asesino entrenado en el arte de
despellejar. Primero nos sacó el corazón, para que no tengamos empatía por
nada. Después nos vació el cerebro y lo llenó de mierda. Mierda que sale por
nuestra mente para que luego por nuestra boca digamos justamente eso: la peor mierda
que se nos pueda cruzar.
Estoy aquí ahora, lamentando todo, rasgando mi cabello,
arrancándome la barba del dolor. Hace más de dos años que camino en medio de la
nada. Y aun así la cuenta de los días que llevo puede ser inexacta. No hay
humanidad posible. Solo veo huesos y pedazos de carne por donde voy. No hay
nadie. No hay rastros de animales, no hay vegetación. Toda la vida que habitaba
el planeta está muerta. Y ya no puedo sentir nada. Cada día que pasa voy
naturalizando más y más esta desesperanza. Sé que el final está muy cerca y que
no me va encontrar preparado.
No recuerdo muy bien que hacía antes de ser un caminante
errante por este desierto que alguna vez fue una ciudad, con sus luces de neones
imponentes y su ritmo desenfrenado. Esos autos que iban de aquí para allá, ese
desarrollo industrial, todo ese desarrollo, no sirvió para un carajo. En cuanto
se usaron las armas de destrucción masiva, todo se volvió negro, y dio paso a esta
larga noche que ahora estamos pagando, que estoy pagando, mejor dicho, porque
como dije antes, no hay registros de vida a mi alrededor.
Las potencias occidentales, como se las conocía, cometieron
este gigantesco genocidio. Nos lo habían advertido, pero no quisimos
interpretarlos. Los grandes medios de comunicación convertidos en sofisticados
multimedios privados donde reinaba el interés monetario, se encargaron de
ponernos la venda. Pero eso solo lo lograron si nosotros lo dejamos. Y vaya que
los dejamos. Ahora solo queda este lamento que no conduce a nada.
Desde esa torre se tenía control de toda la ciudad. Cámaras
de seguridad de otra empresa privada monitoreaba día y noche lo que pasaba en
la metrópoli. Un negocio redondo por donde se lo mire: con el miedo de los
ciudadanos se lucraba ofreciéndoles “seguridad y protección” a merced de la
paranoia colectiva. Cientos de miles de horas habían quedado registradas en las
memorias de esos equipos de última tecnología encargados de revisar una y otra
vez, una y otra vez, hasta el hartazgo, y detectar posturas sospechosas e intentar
prevenir algún robo, aunque siempre el peligroso respondía a las mismas
características: gorrita, campera deportiva, negro, en moto. Así nos
enterábamos, a través de la televisión, cuál era el verdadero enemigo de
nosotros, los que hacíamos un culto de la propiedad privada sin cuestionarnos
el origen de esta. Creamos un Estado Policial que nos reventó a palazos, y se
celebraba por cadena nacional, tanto desde el Líder del Régimen Neoliberal como
por sus lacayos. Y así, luego de la destrucción mundial, del apocalipsis
nuclear, ya nada queda, ni para estos gendarmes de la ley y el orden. Cuando
todo se va al carajo también la pagan los hijos de puta, y esa es la única
victoria que tenemos.
A veces pienso que si aún estoy vivo es porque soy un
cínico hijo de puta. No muy distinto a los hijos de puta profesionales, pero si
con más ganas de vivir que esos especuladores que nos llevaron a este desastre.
Y ellos están muertos (por fortuna), y yo vivo, en medio de la nada, caminando
hasta encontrar algo que me devuelva la fe en volver a empezar, pero nada
aparece en el camino, solo hay polvo que se mete en las zapatillas, en los
pulmones, en la vista. Hay muy poca agua en el mundo que habito, pero por
alguna razón que desconozco aún estoy con vida. A veces siento que alguien guía
mi suerte para que no muera y siga contemplando este desastre, como un eterno
vía crucis en donde la pesada cruz que cargo es la culpa de ver morir a mi
familia, a mis amigos, a la gente de mi barrio. Sobre todo, ver morir a los
niños, que ellos si eran el futuro.
Sé que esta torre en la que estoy, y que se cae a pedazos,
ha servido para contemplar un progreso falso y volátil. Aquí estoy, sentado
observando donde terminaré, por donde me escaparé, viendo como sobrevivo un día
más en esta pesadilla pos-nuclear. Intento llenarme de esperanza con lo que
puedo, con lo que tengo a mi alcance, que no es mucho, pero a veces puedo ver
luces a mis costados que parecen custodiar mi larga travesía. Ya no sé si es
producto de mi imaginación o es lo que sucede realmente, pero a esta altura
poco importa. Las luces continúan ahí con el caer de la pesada noche que cubre
este desierto.
En mi mochila llevo varias cosas que no quiero perder y
necesito que me acompañen hasta mi último día de vida: dos cuadernos escritos
(uno completo y otro que voy escribiendo como una crónica de lo que me va
sucediendo); un frasco de perfume que pertenecía a mi mujer, a quien extraño
demasiado; el peine que usaba mi hija, con el cual le hice los primeros
peinados cuando nos pasábamos tardes enteras jugando; una radio sin pilas que
era de mi padre; pero lo que más valoro, y lo que me da fuerzas para seguir
pateando por estas calles de tierra con este paisaje devastado de fondo, es un
manojo de llaves de mi casa, de la casa que compartí con todos mis seres
querido. Tener esas llaves en mi poder es una victoria, ya que estoy seguro que
no encontraré la vieja casa que cobijó a tres generaciones de mi familia, pero
si me conecta con lo que fui alguna vez. Escuchar el ruido de estas chocándose
una con otras es la música más bonita que puedo oír en estos momentos. Tener las llaves que abran las puertas del
eterno retorno, pero jurando que esta vez, será el definitivo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario